La biografía de una persona está salpicada de sucesos positivos y de acontecimientos negativos, de alegrías y de tristezas, de esperanzas cumplidas y de expectativas frustradas. En este sentido, llama la atención la gran capacidad de adaptación y el espíritu de superación de los que dispone el ser humano. Sólo a partir de ellos se puede entender que personas que han tenido que habérselas con una vida llena de obstáculos y dificultades (enfermedades incapacitantes, divorcios, apuros económicos, desengaños, etcétera) disfruten de una vida productiva y rica en logros personales y sociales.
En realidad, lo que
resulta fundamental son las habilidades de supervivencia de las que se vale el
ser humano para hacer frente al estrés. Se trata de un conjunto de recursos que
adquiere la persona en el proceso de socialización para salir airoso de las
dificultades y resistir los embates de la vida, sin quedar gravemente mermado
en el bienestar personal. Estas habilidades de supervivencia van a depender del
nivel intelectual, del grado de autoestima, del estilo cognitivo personal (más
o menos optimista) y del tipo de experiencias habidas, así como del apoyo
familiar y social.
Las pérdidas de los
seres queridos y los sucesos traumáticos desbordan, con frecuencia, la
capacidad de respuesta de una persona, que se siente sobrepasada para hacer
frente a las situaciones que se ve obligada a arrastrar.
Las estrategias de
afrontamiento pueden volverse malsanas o fallidas; y las expectativas,
derrotistas. La frecuente aparición de emociones negativas, como el odio, el
rencor o la sed de venganza (ante un suceso traumático causado por otros seres
humanos), pueden complicar aún más el panorama. Como consecuencia de ello, la
persona, incapaz de adaptarse a la nueva situación, puede sentirse indefensa,
perder la esperanza en el futuro y encontrarse paralizada para emprender nuevas
iniciativas y, en definitiva, para gobernar con éxito su propia vida.
Pero un trauma también
se puede superar. Hay personas que consiguen sobreponerse al terrible impacto
de la muerte inesperada de un ser querido, de un atentado terrorista, de una
agresión sexual o de la pérdida violenta de
un hijo y descubren de nuevo, sin olvidar lo ocurrido, la alegría de vivir. Lo
que se observa es que, tanto ante los acontecimientos traumáticos como ante las
situaciones de duelo, las personas reaccionan de forma distinta, e igualmente
son variables de unos individuos a otros las estrategias de afrontamiento que
emplean para superar estas circunstancias adversas.
Fuente: Enrique
Echeburúa, Paz De Corral y Pedro J. Amor

No hay comentarios:
Publicar un comentario