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Cuentos y Metáforas


El Exprimidor


Imagina que un exprimidor es tu cuerpo, la zona de cristal donde se va acumulando el liquido exprimido, limón, naranja, pomelo,...y el cabezal donde reside el cerebro, la parte donde se ejerce presión para conseguir el liquido que luego beberas o darás a beber a tu pareja, tus hijos, familiares, amigos,...ya sabemos la función del exprimidor. 

Ahora te preguntaras, que tiene que ver con el cuerpo humano? 
Pues te diré, metafóricamente el ser humano es como un exprimidor. Lo que pongamos en el cabezal para exprimir será lo que consumiremos cuando el recipiente de cristal se llene. 
Si ponemos Ira, consumiremos Ira. Si ponemos Odio, consumiremos Odio. 
Si ponemos Alegría, recogeremos Alegría. Si ponemos Paz, recogeremos Paz. Si ponemos Amor, recogeremos Amor,...plantéatelo así porque el primero en consumir vas a ser tú. 
Y después lo repartirás a tu alrededor. 

Qué prefieres consumir Ira, Odio...o tal vez Alegría, Paz, Amor?
Esto es una reflexión que me hago a diario y te aseguro que funciona. 

Qué pierdes con probar?
E. Meló
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Cuento sobre los rumores y los chismes

     El discípulo no podía retener las ganas que tenía de contarle al Maestro el rumor que había oido en el mercado.


- Aguarda un minuto, dijo el Maestro.

- Lo que piensas contarnos, ¿es verdad?
- No lo creo.
- ¿Es útil?
- No, no lo es.
- ¿Es divertido?
- No

- Entonces, ¿porque tenemos que oírlo?


Ref; Contarcuentos.com
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Una zanahoria, un huevo o un grano de café


     El oro para ser purificado debe pasar por el fuego, así como el ser humano necesita pruebas para pulir su carácter. Pero lo más importante es: ¿Cómo reaccionamos frente a las pruebas?



     
     Una hija se quejaba a su padre acerca de su vida y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar.        Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.
Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre fuego fuerte. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra. La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre.
     A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un recipiente. Sacó los huevos y los colocó en otro. Coló el café y lo puso en un tercer recipiente. Mirando a su hija le dijo: «Querida, ¿qué ves?». «Zanahorias, huevos y café», fue su respuesta. La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.
     Humildemente la hija preguntó: «¿Qué significa esto, padre?». Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: ¡agua hirviendo!, pero habían reaccionado en forma diferente. La zanahoria llegó al agua siendo fuerte y dura. Pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer.
     El huevo había llegado al agua siendo frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café sin embargo eran únicos. Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado al agua.
«¿Cual eres tú?», le preguntó a su hija. «Cuando la adversidad llama a tu puerta, 
¿cómo respondes?. 
¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?»
     Y hoy te lo pregunto yo a ti… ¿Cómo eres tú?. ¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza?. ¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable. Poseías un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación, un divorcio o un despido te has vuelto duro y rígido?. Por fuera te ves igual, pero… ¿eres amargado y áspero, con un espíritu y un corazón endurecido?. ¿O eres como un grano de café?. El café cambia al agua hirviente, el elemento que le causa dolor. ¡Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor!. Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor… ¡tú reaccionas mejor! y haces que las cosas a tu alrededor mejoren. ¿Cómo manejas la adversidad?. ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?. Piénsalo…
Ref; Contarcuentos.com
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Con las manos abiertas




        Un día un chico de trece años paseaba por la playa con su madre. Hubo un momento en que la miró con insistencia y le pregunto:



         -Mamá, ¿qué puedo hacer para conservar un amigo que he tenido mucha suerte de encontrar?
       
         La madre pensó unos momentos, se inclino y recogió arena con sus dos manos. Con las dos manos abiertas hacia arriba, apretó una de ellas con fuerza. La arena se escapo entre los dedos. Y cuanto más apretaba el puño, más arena se escapaba. En cambio, la otra mano permanecía bien abierta: allí sé quedo intacta la arena que había recogido.

       
          El chico observo maravillado el ejemplo de la madre entendiendo que, sólo con abertura y libertad, se puede mantener una amistad, y que el hecho de intentar retenerla o encerrarla, significaba perderla.


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La prisión del odio



Dos hombres habían compartido injusta prisión durante largo tiempo en donde recibieron todo tipo de maltratos y humillaciones. Una vez libres, volvieron a verse años después. 
Uno de ellos preguntó al otro: 
-¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros?
-No gracias a Dios ya lo olvidé todo -contesto- ¿y tú?
-Yo continuo adiándolos con todas mis fuerzas -respondió el otro.
Su amigo lo miro unos instantes, luego dijo:
-Lo siento por ti. Si eso es así, significa que aun te tienen preso

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La alegoría del carruaje




         Un día de Octubre, una voz familiar en el teléfono me dice:

-       Sal a la calle que hay un regalo para ti.

Entusiasmado, salgo a la vereda y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy “chic”. Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular forrado de pana y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta que todo está diseñado  exclusivamente para mí, está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo…todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más. Entonces miro por la ventana y veo el “paisaje”: de un lado el frente de mi casa, del otro el frente de la casa de mi vecino…y digo “¡Qué bárbaro este regalo! Qué bien, qué lindo”. Y me quedo un rato disfrutando de esa sensación.

Al rato empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo. Me pregunto: “¿Cuánto tiempo puede uno ver siempre las mismas cosas?”. Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.

De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino que me dice, como adivinándome:

-       ¿No te das cuenta que a este carruaje le falta algo?

Yo pongo cara de qué le falta mientras miro las alfombras y los tapizados.

-       Le faltan los caballos- me dice antes que llegue a preguntarle.

Por eso veo siempre lo mismo- pienso- , por eso me parece aburrido…

-       Cierto- digo yo-

Entonces voy hasta el corralón de la estación y le ato dos caballos al carruaje. Me subo otra vez y desde adentro le grito:

-       ¡¡Eaaaaa!!

El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.
Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el carruaje y a ver el comienzo de una rajadura en uno de los laterales.

Son los caballos que me conducen por caminos terribles; agarran todos los pozos,  se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.

Me doy cuenta que yo no tengo ningún control de nada; los caballos me arrastran a donde ellos quieren.

         Al principio ese derrotero, era muy lindo, pero al final siento que es muy peligroso.

         Comienzo a asustarme y a darme cuenta que esto tampoco sirve.

En ese momento veo a mi vecino que pasa por ahí cerca, en su auto. Lo insulto:

-       ¡Qué me hizo!.

Me grita

-       ¡Te falta el cochero!

-       ¡Ah!- digo yo.

Con gran dificultad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar a un cochero. A los pocos días asume funciones. Es un hombre formal y circunspecto con cara de poco humor y mucho conocimiento.

Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron.

Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero adónde quiero ir.

Él conduce, él controla la situación, él decide la velocidad adecuada y decide la mejor ruta.

Yo…yo disfruto del viaje.
Jorge Bucay

Ejercicio: Intenta descubrir el simbolismo de esta alegoria antes de ver el significado más abajo.
 
SIMBOLISMO

Carruaje→ El cuerpo, como “vehículo” capaz de adaptarse a los cambios con el paso del tiempo, pero que será el mismo durante todo el “viaje”.

Caballos→ Son los deseos, las necesidades, las pulsiones y los afectos. Nos pueden llevar, a veces, por caminos un poco arriesgados y peligrosos, necesitando sofrenarlos.

Cochero→ Es el intelecto, la capacidad de pensar racionalmente, el que ejerce el control y decide.

Cada uno de nosotros  es por lo menos los tres personajes: el carruaje, los caballos y el cochero durante todo el camino (que es la vida). Lo importante es encontrar un equilibrio entre estas tres partes, sin dejar de ocuparse por ninguno de estos tres personajes:

1- Dejar que tu cuerpo sea llevado solo por tus impulsos, tus afectos, tus deseos puede ser muy peligroso. Necesitas tu cabeza para ejercer cierto orden en tu vida.

2- Dejarse llevar solo por la figura del cochero: Quienes realmente tiran del carruaje son los caballos. Son los objetivos, las metas.

3- También es importante cuidar el carruaje, porque tiene que durar todo el trayecto: Pero el carruaje, sin caballos y sin cochero no funcionaría.
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La ira deja señales






Se cuenta que había una vez un niño que siempre estaba malhumorado y de mal genio. Cuando se enfadaba, se dejaba llevar por su ira y decía y hacía cosas que herían a los que tenía cerca. Un día su padre le dio un bolsa con clavos y le dijo que cada vez que tuviera un ataque de ira clavase un clavo en la puerta de su habitación. El primer día clavó treinta y siete. En el transcurso de las semanas siguientes el número de clavos fue disminuyendo. Poco a poco, fue descubriendo que le era más fácil controlar su ira, que clavar clavos en aquella puerta de madera maciza. Finalmente, llegó un día en que el niño no clavó ningún clavo. Se lo dijo a su padre y éste le sugirió que cada día que no se enojase desclavase uno de los clavos de la puerta.
         Pasó el tiempo y, un día, le dijo al padre que ya había sacado todos los clavos. Entonces éste cogió de la mano al hijo, lo llevó a la puerta de la habitación y le dijo:
-Hijo, lo has hecho muy bien, pero mira los agujeros que han quedado en la puerta. Cuando una persona se deja llevar por la ira, las palabras dejan cicatrices como éstas. Una herida verbal puede ser tan dolorosa como una herida física. La ira deja señales. ¡No lo olvides nunca!
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  La oruga 

Una pequeña oruga caminaba un día dirección al sol. Muy cerca del camino se hallaba un saltamontes.
-      ¿Hacia dónde te diriges?-le preguntó sin dejar de caminar.
La oruga le respondió:
-      Anoche tuve un sueño. Soñé que desde la cima de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que soñé y he decidido realizarlo.



-      ¡Tú estás loca! ¿Acaso crees que podrás llegar allí?. Tú eres una simple oruga, para ti una piedra ya es una montaña y un charco, un mar; cualquier tronco, una muralla infranqueable.
Pero la oruguita ya se había alejado lentamente y continuaba su marcha sin parar. De pronto, la oruga oyó la voz de un escarabajo: -¿Hacia dónde vas oruga, tan decidida?


Sudando, la oruga le dijo jadeante:
-Tuve un sueño que me gustó tanto que decidí realizarlo. Voy a subir a esa montaña y desde la cima contemplaré todo nuestro mundo.
       El escarabajo no pudo aguantarse la risa, soltó una carcajada y le dijo:
-      Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso.
Y se quedó en el suelo, tumbado de la risa, mientras la oruga continuaba su        
camino, avanzando centímetro a centímetro.
De la misma forma que había encontrado al saltamontes y al escarabajo, la oruga se topó en su camino con la araña, el topo, la rana y la flor. Todos le aconsejaron desistir de su empeño.


-      ¡No lo lograrás jamás!. Estás perdiendo el tiempo. Sería mejor que te resignaras a ser una oruga.                             
-    ¡Eres demasiado ambiciosa!. Pero dentro de la oruga había un fuerte impulso que le hacía seguir. Cansada cada vez más, agotada y sin fuerzas, hubo un momento en que se sintió morir  y decidió parar a descansar y construir, con un último esfuerzo, un lugar  donde pasar la noche.
-     ¿Estaré mejor mañana?- fue lo ultimo que la oruga dijo, y murió.
Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal más loco del pueblo. Había construido como tumba un monumento a la insensatez: ahí estaba un duro refugio, digno de alguien que murió por querer realizar un sueño irrealizable.
Una mañana en la que el sol brillaba de manera especial, todos los animales se congregaron en torno de aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto, quedaron atónitos. Aquella concha dura comenzó a quebrarse y, con asombro, vieron unos ojos y unas antenas que no podían ser los de la oruga que creían muerta
Una bella mariposa voló hacia la cima de la montaña y miró todo el valle, situado a sus pies.
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    El barrendero

 

            Momo tenía un amigo, Beppo Barrendero, que vivía en una casita que él mismo se había construido con ladrillos, latas de desecho y cartones. Cuando Beppo Barrendero le preguntaban algo, se limitaba a sonreír amablemente, y no contestaba. Simplemente pensaba. Y cuando creía que una respuesta era innecesaria, se callaba. En cambio, cuando la creía necesaria, la pensaba mucho. A veces, tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras tanto, la otra persona había olvidado su propia pregunta, por lo que la respuesta de Beppo, le sorprendía casi siempre.
            Cuando Beppo barría las calles, lo hacía despacio, pero con constancia, con la calle sucia ante sí y limpia detrás de él, se le iban ocurriendo multitud de pensamientos que luego le explicaba a su amiga Momo: “Ves Momo, a veces tienes ante ti una calle que te parece tan terriblemente larga que nunca podrás terminar de barrer. Entonces te empiezas a dar prisa, más prisa, sin cesar. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle sigue igual de larga. Te esfuerzas más aún, empiezas a  tener miedo, al final te has quedado sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes?. Hay que pensar en el paso siguiente, en la siguiente barrida. Entonces es divertido: eso es importante, porque de esta forma se hace bien la tarea, y así ha de ser. De repente, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, pero no se ha quedado sin aliento. Eso es importante.”
                                   
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¿A quién pertenece el obsequio?
        Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.
        Cierta tarde, un guerrero, conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.
        El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Conociendo la reputación del samurai, fue en su busca para derrotarlo y aumentar su fama. Todos los estudiantes del samurai se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío. Juntos se dirigieron a la plaza de la ciudad donde el joven empezó a insultar al anciano maestro. Arrojó unas cuantas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus antepasados. Durante horas hizo lo posible para provocarle, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró. Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:
-     ¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?
El maestro les preguntó:
-    Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio?
-     A quien intentó entregártelo-respondió uno de los alumnos.
-     Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos-dijo el maestro-. Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.
  
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Sé tú mismo

Había una vez, en un lugar y en un tiempo que podría ser aquí y hoy mismo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, pero uno de sus habitantes no participaba de la dicha general: era un árbol que se sentía profundamente triste. El pobre árbol tenía un problema: no sabía quién era.
        El manzano le decía:
-     Lo que te falta es concentración, si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas, es muy fácil.
    El rosal le decía:
-     No escuches al manzano. Mira, es más sencillo tener rosas, y además, son más bonitas y olorosas que las manzanas.
     El pobre árbol desesperado, intentaba concentrarse y ser todo lo que le sugerían, pero no lograba ser como los demás le decían que debía ser y por ello se sentía cada vez más frustrado y desgraciado.
    Un día llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol exclamó:
-   No te preocupes, tu problema no es tan grave. Es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. No dediques tu vida, tu esfuerzo ni tu energía a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo, conócete, y aprende a escuchar tu voz interior.
    Y dicho esto, el búho desapareció. “¿Mi voz interior ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme?- pensaba el árbol angustiado.
Pero el comentario del búho anidó en su corazón. Y el árbol empezó a dejar de prestar oídos a los comentarios de las otras plantas. Aprendió a estar en silencio, tranquilo, gozando de los rayos del sol  y de las refrescantes gotas de lluvia. Aprendió a disfrutar del canto de los pájaros que anidaban en sus ramas, a dejarse acariciar por el viento que silbaba entre sus hojas. Y, cuando menos lo esperaba y buscaba, un día comprendió. Su corazón se abrió y su voz interior le habló: -    Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Tú eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso; dar albergue a las aves; sombra a los viajeros; belleza al paisaje. Tienes una misión, cúmplela.
     Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado. Así, pronto fue admirado y respetado por todos, pero lo más importante es que aprendió a respetarse y a valorarse a sí mismo.
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Distancia adecuada
       
En una noche oscura y fría, algunos erizos descubren que si se juntan tienen menos frío. Se acercan cada vez más, pero son erizos y se pinchan unos a otros. Asustados, se apartan.
Cuando se alejan, se lamentan de haber perdido el calor pero, al mismo tiempo, temen pincharse. Pasado un tiempo y venciendo el miedo, vuelven a juntarse y se pinchan de nuevo. Así siguen durante algún tiempo hasta que descubren una distancia que les permite darse calor sin lastimarse.
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Soy yo quien decide

        Explica el columnista Sydney Harris que, en una ocasión, acompañó a un amigo suyo a comprar el periódico. Al llegar al quiosco su amigo saludó amablemente al vendedor. El quiosquero, en cambio, respondió con modales bruscos y desconsiderados y le lanzó el periódico de mala manera. Su amigo, no obstante, sonrió y pausadamente deseó al quiosquero que pasase un buen fin de semana. Al continuar su camino, Sydney le dijo:
-         Oye...¿Este hombre siempre te trata así?
-         Sí, por desgracia.
-         Y tú, ¿siempre te muestras con él tan educado y amable?
-         Sí, así es.
-         Y ¿me quieres decir por qué tú eres tan amable con él, cuando él es tan antipático contigo?
-         Es bien fácil. Porque yo no quiero que sea él quien decida cómo me he de comportar yo.


1 comentario:

Anna Peris dijo...

Creo que lo mejor para uno mismo es conocerse,valorarse y respetarse y pienso que si no haces eso contigo, no puedes tampoco ni conocer, ni respetar ni valorar a los demás. Hay que ser valiente para conocerse a uno mismo y respetarse y quererse con sus virtudes y defectos, intentar aumentar aquellas y limar éstos, pero cuando uno se encuentra a gusto consigo mismo se suele encontrar bien con la vida. El roble tiene una belleza y una especie de fuerza telúrica desde la antigüedad.
En cuanto al segundo cuentecito me encanta pq todo el mundo debemos tener nuestro propio espacio y procurar no invadir el de los demás ( a no ser que ambas personas se quieran acercar;-)...:-)